Cernunnos, XVII

Hoy ha sido mi último día de trabajo en Cernunnos. La tarea del día ha sido llenar el bancal elevado con ramas. De nuevo, puede parecer una trivialidad, pero hay que hacerlo tratando de que quede el menor número de huecos posible para que en el futuro haya muchos nutrientes para las plantitas. Es como un tetris pero con muchas más combinaciones. Además, muchas ramas eran muy largas y hemos tenido que cortarlas, lo que me ha llevado al descubrimiento de otra de mis herramientas preferidas: el hacha.

Al igual que el pico, se utiliza cargando fuerza hacia atrás y descargándola contra lo que tienes delante, pero esta vez con la dificultad añadida de que lo que golpeas es una rama que gira y rebota elásticamente si no la sujetas bien. Asímismo, el hacha implica una necesidad de perfeccionamiento de técnica similar al caso del martillo y que el manejo del pico apenas requiere. Total, que me lo he pasado muy bien, aunque la lentitud a la que se rellena el tetris a veces es un poco frustrante.

También he acabado hoy mi lectura saltarina -dícese de aquella en la cual se saltan los capítulos que empiezan a parecer pesados o poco interesantes, por prisa- de “The One Straw Revolution” por Masanobu Fukuoka. Este hombre era un japonés estudioso de la agricultura científica que un día se iluminó y decidió dejar su trabajo y dedicarse a lo que él denomina “agricultura natural”, que es como la biológica pero además tratando de ahorrar todo el trabajo innecesario posible por parte del agricultor, y respetando al máximo el devenir de la naturaleza. Además, considera que la ciencia nunca podrá entender la naturaleza y la forma en que las plantas crecen naturalmente porque es incapaz de ver (y vivir) el todo, centrándose únicamente en las partes. De hecho, niega que el intelecto humano pueda llegar a entender el mundo porque sólo percibe su abstracción incompleta e irreal.

Si bien las ideas que tiene para cultivar sin pesticidas, herbicidas o fertilizantes artificiales y ahorrando trabajo superfluo me parecen de lo más interesantes y útiles, no me gusta el misticismo, el continuo ataque a la ciencia y, sobre todo, su constante prepotencia. Escribe como si todo el resto de científicos y políticos fuesen incapaces de entender la verdad a la que él a llegado. Entiendo que a la ciencia todavía le queda mucho camino, pero de ahí a negar que pueda obtener resultados útiles investigando los patrones de crecimiento de las plantas, me parece fanatismo. Es como quien se niega a reconocer los avances de la medicina moderna sólo porque hayan aparecido y proliferado enfermedades nuevas fruto de la masificación e industrialización de nuestras vidas. No hay más que comparar datos de la esperanza de vida de hace unos decenios y la de hoy en día en muchos países industrializados. Con todo, me parece que es un libro interesante de leer en muchas partes, sobre todo en las que narra experiencias con expertos estudiosos de agricultura, que son divertidas.

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